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Teoría de la utilidad: de Bentham a la economía conductual

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La teoría de la utilidad es la explicación que da la economía a cómo eligen las personas. Nació como una doctrina moral sobre la felicidad, se convirtió en el siglo XIX en una teoría del valor basada en la utilidad marginal y, en el siglo XX, quedó reducida a un instrumento matemático para describir preferencias, también en situaciones de riesgo. Hoy convive con las críticas de la economía conductual.

La idea central

La teoría supone que cada persona puede comparar alternativas (cestas de bienes, trabajos, loterías) y que elige la que más prefiere entre las que están a su alcance. La utilidad es el nombre que damos a esa preferencia: decir que la cesta A tiene más utilidad que la B equivale a decir que A se prefiere a B. A partir de ahí se deducen la demanda, la respuesta a los precios, el valor del dinero o la actitud ante el riesgo.

Lo que ha cambiado a lo largo de dos siglos es qué significa ese número: una cantidad real de placer (enfoque cardinal), un simple orden (enfoque ordinal) o una medida construida a partir de elecciones con riesgo (utilidad esperada).

Utilitarismo: Bentham y Mill

Jeremy Bentham publicó en 1789 Introducción a los principios de la moral y la legislación, donde propuso el principio de utilidad: una acción es buena en la medida en que tiende a aumentar la felicidad (placer menos dolor) de los afectados. Bentham imaginó incluso un «cálculo felicífico» que valoraba los placeres según su intensidad, duración, certeza, proximidad, fecundidad, pureza y extensión (número de personas afectadas).

John Stuart Mill defendió y matizó esta doctrina en El utilitarismo (publicado por entregas en 1861 y como libro en 1863). Su aportación más conocida es distinguir entre placeres superiores (intelectuales, morales) e inferiores (corporales), de modo que no todos los placeres cuentan igual aunque su intensidad sea similar.

El utilitarismo dejó a la economía dos ideas duraderas: que las decisiones pueden analizarse como maximización de algo, y que el bienestar social puede evaluarse sumando el bienestar individual. La primera sobrevive en toda la microeconomía; la segunda sigue siendo objeto de debate.

La revolución marginalista (1871–1874)

Los economistas clásicos explicaban el valor por los costos de producción, sobre todo el trabajo. En apenas tres años, William Stanley Jevons (1871), Carl Menger (1871) y Léon Walras (1874) propusieron de forma independiente que el valor depende de la utilidad de la última unidad disponible, es decir, de la utilidad marginal. Habían tenido un precursor casi ignorado, Hermann Heinrich Gossen, que en 1854 formuló la utilidad marginal decreciente y la regla de igualar utilidades marginales.

El marginalismo resolvió la paradoja del agua y el diamante y permitió deducir la curva de demanda de las preferencias. Alfred Marshall integró después utilidad (demanda) y costos (oferta) en sus Principios de economía (1890), con el conocido diagrama de las «tijeras».

En esta etapa la utilidad era cardinal: se suponía medible, al menos en principio, y se podía decir que una unidad aportaba el doble de satisfacción que otra.

Del enfoque cardinal al ordinal

Medir la satisfacción en unidades resultó imposible y, además, innecesario. Francis Ysidro Edgeworth introdujo en 1881 las curvas de indiferencia; Vilfredo Pareto, en su Manual de economía política (1906), mostró que para explicar la elección basta con que el consumidor sepa ordenar las cestas. John Hicks y Roy Allen reconstruyeron en 1934 la teoría de la demanda sin utilidad medible, sustituyendo la utilidad marginal por la relación marginal de sustitución.

Con el enfoque ordinal, cualquier función que respete el orden de preferencias sirve: si U(x, y) = x·y representa unas preferencias, también las representan 2·x·y o ln x + ln y. Las diferencias y comparaciones entre personas dejan de tener sentido. Lo desarrollamos en utilidad ordinal y cardinal.

Axiomas de las preferencias

La teoría moderna parte de unos supuestos sobre las preferencias, no sobre la felicidad:

  • Completitud: ante dos cestas, el consumidor prefiere una o es indiferente.
  • Transitividad: si prefiere A a B y B a C, prefiere A a C.
  • Continuidad: cambios pequeños en las cestas no provocan saltos bruscos en las preferencias.
  • Monotonicidad (más es mejor) y convexidad (las combinaciones equilibradas se prefieren a los extremos).

Gérard Debreu demostró en 1954 que, si se cumplen completitud, transitividad y continuidad, existe una función de utilidad continua que representa esas preferencias. Esto justifica trabajar con funciones como las de la calculadora de función de utilidad.

Curvas de indiferencia y restricción presupuestaria

Una curva de indiferencia une todas las cestas que dan la misma utilidad. Si las preferencias son monótonas y convexas, las curvas tienen pendiente negativa, no se cortan y son convexas hacia el origen. Su pendiente, en valor absoluto, es la relación marginal de sustitución (RMS o TMS): cuántas unidades de y está dispuesto a entregar el consumidor por una unidad más de x.

La restricción presupuestaria recoge lo que puede comprar con su renta M a los precios Pₓ y Pᵧ:

Pₓ·x + Pᵧ·y ≤ M

El óptimo del consumidor es la cesta en la que la recta presupuestaria toca la curva de indiferencia más alta posible. En una solución interior se cumple:

RMS = UMgₓ ÷ UMgᵧ = Pₓ ÷ Pᵧ

que es la versión ordinal de la segunda ley de Gossen. Ejemplo: con U = x·y, Pₓ = 2, Pᵧ = 1 y M = 40, el consumidor gasta la mitad de su renta en cada bien: x = 10, y = 20. Puedes comprobarlo y probar otros valores en la calculadora de función de utilidad.

Preferencia revelada

Aun así, las preferencias no se observan; las elecciones, sí. Paul Samuelson propuso en 1938 la teoría de la preferencia revelada: si un consumidor elige la cesta A cuando también podía permitirse la B, ha revelado que prefiere A. El axioma débil de la preferencia revelada exige coherencia: si A se revela preferida a B, en ninguna otra situación en que ambas estén disponibles debe elegirse B.

Este enfoque permite contrastar la teoría con datos de compras reales y, bajo ciertas condiciones, reconstruir las preferencias a partir de las elecciones. La utilidad pasa a ser una forma compacta de resumir elecciones coherentes, no un estado mental.

Utilidad esperada: decidir con riesgo

Muchas decisiones tienen resultados inciertos. Daniel Bernoulli sugirió en 1738, para resolver la paradoja de San Petersburgo, que las personas no maximizan la ganancia esperada sino la utilidad esperada de su riqueza, con una utilidad que crece de forma logarítmica.

John von Neumann y Oskar Morgenstern, en Teoría de juegos y comportamiento económico (1944), dieron a esta idea una base axiomática: si las preferencias sobre loterías cumplen completitud, transitividad, continuidad e independencia, el individuo actúa como si maximizara la suma de utilidades ponderadas por sus probabilidades. Leonard Savage extendió el resultado en 1954 a probabilidades subjetivas.

Curiosamente, la función de utilidad de von Neumann–Morgenstern vuelve a ser cardinal en un sentido limitado: solo admite transformaciones lineales positivas, y su curvatura mide la aversión al riesgo. Calcula ejemplos de equivalente cierto y prima de riesgo en utilidad esperada.

Críticas: anomalías y economía conductual

Desde mediados del siglo XX se acumulan pruebas de que las personas no siempre eligen como predice la teoría:

  • Paradoja de Allais (1953): Maurice Allais diseñó pares de loterías en los que muchas personas violan sistemáticamente el axioma de independencia.
  • Paradoja de Ellsberg (1961): Daniel Ellsberg mostró que preferimos riesgos con probabilidades conocidas a otros con probabilidades desconocidas (aversión a la ambigüedad), algo que la utilidad esperada subjetiva no recoge.
  • Racionalidad limitada: Herbert Simon argumentó que, con información y capacidad de cálculo limitadas, las personas buscan opciones «suficientemente buenas» en lugar de óptimas.
  • Teoría prospectiva: Daniel Kahneman y Amos Tversky (1979) propusieron que valoramos los resultados como ganancias o pérdidas respecto a un punto de referencia, que las pérdidas pesan más que las ganancias equivalentes (aversión a la pérdida) y que sobreponderamos las probabilidades pequeñas. Kahneman recibió el Premio Nobel de Economía en 2002, en buena parte por este trabajo.
  • Efectos de encuadre y anclaje: la misma opción se elige más o menos según cómo se describa, y valoraciones irrelevantes influyen en lo que estamos dispuestos a pagar.

Desde la filosofía y la economía del bienestar, Amartya Sen criticó que el utilitarismo reduzca el bienestar a una sola magnitud y propuso evaluar las capacidades de las personas.

¿Sigue siendo útil la teoría?

Sí, con matices. Como herramienta para predecir efectos agregados (cómo cambia la demanda cuando sube un precio o un impuesto), la teoría de la utilidad funciona razonablemente bien y sigue siendo la base de la microeconomía, la economía del bienestar o la teoría de juegos. Como descripción literal de cómo piensa cada persona, es incompleta. La economía conductual no la ha sustituido: la amplía con funciones de valor dependientes de un punto de referencia, sesgos y heurísticas. También se aplica fuera de la economía, por ejemplo en los agentes basados en utilidad de la inteligencia artificial.

Cronología resumida

AñoAutorAportación
1738Daniel BernoulliUtilidad logarítmica de la riqueza; paradoja de San Petersburgo
1789Jeremy BenthamPrincipio de utilidad y cálculo felicífico
1854H. H. GossenUtilidad marginal decreciente y principio equimarginal
1861–1863John Stuart MillEl utilitarismo: placeres superiores e inferiores
1871–1874Jevons, Menger, WalrasRevolución marginalista
1881F. Y. EdgeworthCurvas de indiferencia
1906Vilfredo ParetoEnfoque ordinal
1934Hicks y AllenTeoría de la demanda con relación marginal de sustitución
1938Paul SamuelsonPreferencia revelada
1944von Neumann y MorgensternUtilidad esperada axiomática
1953Maurice AllaisParadoja de Allais
1979Kahneman y TverskyTeoría prospectiva

Preguntas frecuentes

¿Qué es la teoría de la utilidad?

Es el conjunto de ideas con las que la economía explica cómo eligen las personas: se supone que cada individuo ordena las alternativas según sus preferencias y elige la mejor que puede permitirse. La utilidad es la forma de representar ese orden.

¿Quién creó la teoría de la utilidad?

No tiene un único autor. Jeremy Bentham popularizó la utilidad como principio moral a finales del siglo XVIII; Jevons, Menger y Walras la convirtieron en teoría del valor en la década de 1870; y Pareto, Hicks, Samuelson y von Neumann–Morgenstern le dieron su forma moderna en el siglo XX.

¿Qué diferencia hay entre el enfoque cardinal y el ordinal?

El cardinal supone que la utilidad se puede medir y que las diferencias entre cantidades tienen sentido. El ordinal solo exige que el consumidor sepa ordenar cestas de bienes (mejor, peor o indiferente). La teoría moderna del consumidor es ordinal.

¿Cuáles son las principales críticas a la teoría de la utilidad?

La economía conductual ha mostrado que las personas no siempre eligen de forma coherente: valoran más las pérdidas que las ganancias equivalentes, dependen del punto de referencia y del modo en que se presentan las opciones, y distorsionan las probabilidades pequeñas.